De todos es sabido que hoy en día, es casi imposible que un banco te conceda un crédito si no aportas un aval como garantía. Los avales son fuentes de ingresos o bien propiedades, a las que el banco puede recurrir para el cobro del préstamo realizado si el solicitante no cumple con sus obligaciones.

Pero, ¿Quién ejerce el papel de avalista y por qué pone en riesgo su patrimonio?

Lo habitual es que cuando se aporta un avalista, éste sea un miembro de la propia familia. Es bastante común que los padres avalen a los hijos en créditos hipotecarios, pero también en otro tipo de créditos como los personales.

La razón es evidente: cualquier padre o madre quiere que sus hijos salgan adelante en la vida, y por lo general, hacen lo que sea necesario para facilitarles el camino.

El problema viene cuando las circunstancias en las que se concedió el crédito cambian y el titular del mismo no puede hacer frente a las cuotas. En ese momento, son los padres, o la persona que actuara como avalista, los que tienen que pasar a hacerse cargo de los pagos.

Dentro de lo malo, mientras el avalista pueda solventar las cuotas, la cosa no pasará a mayores, pero no son pocos los casos en los que ni titular ni avalista han podido satisfacerlas, y es entonces cuando el banco procede al embargo de sus bienes, causando el imaginable drama familiar.

Es por motivos como estos por los que muchas personas han descartado pedir préstamos a largo plazo que implican la intervención de un avalista. Si bastante grave es no poder afrontar tus propios pagos, cabe imaginarse lo que puede suponer arrastrar a tu familia a la ruina económica.

Y es que una de las asignaturas pendientes que tiene la sociedad es aprender a vivir dentro de nuestras posibilidades. Endeudarse es necesario en ocasiones, pero no conviene hacerlo para querer tener un tren de vida superior al que nuestra posición social nos otorga.

Esta lección la han aprendido ya muchas personas, que prefieren, simplemente, echar mano de microcréditos para solucionar problemas puntuales y no adquirir cargas a largo plazo que pueden suponer un lastre del que sea difícil desprenderse.

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